Érase una vez una mujer que amaba a un hombre. Sin embargo, lo amaba en la distancia, inalcanzable ser que no podía besar, ni abrazar. Añoraba su mirada al hablarle, su cabello, su olor, el sabor de sus labios. Añoraba su voz al despertar. Añoraba su mano en la suya y sus pies calientes bajo las sábanas. Añoraba su forma de andar, el ruido de sus pasos y la firmeza de su piel. Añoraba todos y cada uno de los momentos que pasaban juntos. Añoraba su sonrisa y sus carcajadas, y su respiración al acariciarlo. Su añoranza era tal, que en cada suspiro perdía un poquito de alma y vagaba por las calles sin levantar la mirada, deseando que el tiempo se compadeciera de ella y se agotara. Hasta que un día, desvalida y decadente, se rindió junto al lago, a los pies de un sauce llorón. Se ahogó en sus lágrimas hasta que el sueño la atrapó.
Al despertarse, vió a su lado un viejo rechoncho de aspecto bondadoso. Lucía una larga barba gris llena de migas de pan. Llevaba tejanos y camisa a cuadros, deportivas y un abrigo un poco raído. Apenas tuvo tiempo de incorporarse que el viejo se puso a hablar. “Una no se puede quedar dormida así por las buenas. Suerte tienes de conservar tus pertenencias. ¿Qué haces aquí? Te abandona el alma. ¿Te apetece hablar un poco? Te he guardado medio bocadillo de jamón por si te apetecía un bocado. ¿Lo quieres? He visto muchas personas como tú. El amor os duele en las entrañas. Veo como suspiráis trocitos de alma. ¿De qué sufres tú? ¿Desamor? ¿Traición? Déjame pensar. Déjame verte. ¡Tú, hija mía, sufres de añoranza! ¿Te has preguntado alguna vez por qué las noches están pobladas de estrellas?”. Acarició el pelo de la atónita mujer, se levantó y se fue.
La mujer que amaba a un hombre no daba crédito ni a sus ojos, ni a sus oídos, y se asustó cuando se dio cuenta que a pesar del surrealismo de lo sucedido, no se trataba de un sueño, es más, hasta se preguntó por qué las noches están pobladas de estrellas. Y así pasó la tarde, frente al lago y a los pies de un sauce llorón, preguntándose que hacían esas estrellas colgando en la oscuridad. Notó una leve brisa en su pelo, del lado donde ese extraño la acarició. Se comió el bocadillo de jamón sin reparo alguno. Notó que su añoranza se hacía más ligera, más llevadera. Y así también anocheció. Anocheció sin estrellas. Una noche oscura, triste, fría. ¿Dónde están las estrellas? Pensó en su amado. No podían abrazarse, besarse, acariciarse, pero se amaban y se sabían juntos bajo esas mismas estrellas que lucían para ellos cada noche. ¿¡Dónde estaban sus estrellas?!
Y su añoranza se alzó por encima del sauce llorón, brillante y resplandeciente hasta posarse en ese negro firmamento. Con cada suspiro de añoranza iba ella poblando de estrellas esa noche. Poco a poco, la oscuridad se tornó belleza y la belleza le devolvió su alma. Pensó en su amado. Pensó en las estrellas que cada noche en el cielo se recostaban, regalándoles un poquito de presente. Pedacitos de amor que robaban a la distancia. Estrellas que protegían sus sueños y les devolvían sus almas. “Mi amor, haré de la añoranza un bonito lienzo para contemplarlo contigo.” Y la mujer que amaba a un hombre decidió dejar de amarlo desde la añoranza. “Y de este lienzo haremos presente hasta que vuelvas a mi.”















Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada