Se vuelve y desaparece calle abajo. Se olvida de su cuello esbelto, de su nariz proporcionada, de sus pómulos redondos, de sus labios carnosos. Se olvida de sus cabellos cortos, hilos de oro sobre sus ojos, ventanas al cielo. Reconoce el hombre franco que ve en el culo de la jarra vacía de cerveza. Se le escapa una carcajada ruidosa y mira a sus amigos con los ojos vidriosos. “¿Sabéis qué me ha pasado?”, empieza divertido, “¡He visto un collar precioso ideal para Blanca!”. Y todos se ponen a reír como locos porqué no tiene ningún sentido.
Por la noche, siente su piel en sus dedos. Podría dibujar cada rincón de su delicado cuerpo con los ojos cerrados. Oye su voz y percibe el tacto de sus labios. Un escalofrío le eriza la piel cuando cierra los ojos y ve nítida la fuerza de su mirada. Es viva pero serena. Firme pero dulce. Se da cuenta que, entonces, no es tan desconocida. Indeciso, se hace a si mismo una prueba. ¿Recuerda cómo anda? ¿O cómo se quita los zapatos? ¿Sabe cómo se duerme? ¿O cómo corta en pequeños trocitos la fruta?
Al día siguiente se levanta cansado. No ha dormido bien. Ha dado vueltas incómodo en la cama. Se viste con los primeros pantalones que ha encontrado en el armario y busca una camisa a juego. No da importancia ni a los colores ni a las formas. Cualquier camisa le quedará bien con los pantalones marrones. Se duchará por la noche, ahora no tiene tiempo. Se arregla el pelo con los dedos y se lava la cara. Se calza, coge el abrigo, el maletín y sale corriendo a toda prisa.
Se para delante del collar de hilos de plata. Sonríe. Dentro, le preparan una cajita envuelta en papel mate de color azul marino. Tiene un toque tornasolado. El lazo, plateado. Cuando alarga la tarjeta vuelve a sonreír. El acto que ayer le parecía absurdo, le resulta de los más coherente hoy. “Es lógico”, dice, “Sólo puede quedarle bien a Blanca, este collar”. Cuando sale de la joyería se mira en el escaparate. Se reconoce. Es él ese hombre con las mejillas encendidas y ese ademán alegre. Se ve más joven. Más atractivo.
Dudará cuando tenga a Blanca frente suyo. En secreto, le reprochará que él se haya gastado dinero en ella. En secreto, se arrepentirá de ser tan tacaño. En el fondo, sabe que lo que le duele es el orgullo, el haberse perdido entre las curvas de su cuerpo, de su Blanca, su pequeña desconocida que de lo absurdo hace coherencia. Le alargará la cajita coronada con un lazo plateado. Se reconocerá en el reflejo de los ojos de Blanca. Sabrá que todo va bien, que todo es coherente, y dejará de hacerse reproches. Príncipe a los ojos de Blanca.
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