29 de juny 2010

Ruta de vuelo

Llegó a casa sumida en una ebriedad de contradicciones. La tristeza melancólica de esa inocencia dulce y tierna. La fuerza electrizante de la satisfacción. La sombra inquietante del temor. Pero por encima de todo, se sentía delirante de orgullo. Aquella criatura sonrosada de ojos despiertos y sonrisa alegre, hambrienta y llorona, había crecido ante sus ojos en un suspiro. Y érase una vez, una niña de mejillas sonrosadas, ojos despiertos y sonrisa alegre, hambrienta de mundo y de vida. Su niña se había ido. Y ella la añoraría cada día hasta su regreso. Se dio cuenta entonces, la piel erizada y escalofríos en la nuca, que ser madre también significaba eso. Se sentó en la primera silla que encontró a su alcance. Su marido se acercó y se sentó a su lado. Le cogió las manos y con sus pulgares le acariciaba sus palmas. Movía los labios despacio, a intervalos frecuentes. Ella no atendía. La luz de la mañana se posaba en su rostro. Una luz dorada de verano, pálida y tibia. Hacía un calor húmedo que la brisa ligera tornaba más indulgente. El reloj marcaba las diez y once. Doce. Trece. Su mente en blanco reordenaba veloz y eficaz todos los sentimientos, pensamientos, emociones, sensaciones deambulantes. Mujer hecha y derecha, sagaz y fuerte, madre y esposa. Un temor instintivo golpeaba con violencia su alma. Y sin embargo, su corazón bombeaba coraje, osadía, infinita generosidad.

Aturdida, levantó los ojos hasta encontrarse de nuevo en la realidad, en la serenidad reconfortante de su mirada. Nunca su esposo había dejado de mirarla asombrado por los hallazgos que día tras día en ella redescubría. Chispeantes reflejos celestes de la mediterránea, que la cobijaban con ternura y la calmaban. Todo parecía más sencillo. Ley de vida, que se diría. Lo complejo se deshacía como hielo bajo el sol. Y su embriaguez desconcertante se apaciguó. Los instantes convulsos se desvanecieron. “¿Sabes, amor?”, dejó salir con un suspiro. “Creo que lo hemos hecho bien. Creo que lo seguiremos haciendo bien.” Se inclinó hacia él y le beso suavemente. “Enseñarle a volar en todas direcciones para que luego vuele ella por donde desee.” Entonces se alargó para alcanzar una libreta y un bolígrafo que había en la mesa y con un gesto dulce acompañó el brazo de su marido hacia ella para que se sentara más cerca. Sin mediar palabra, su marido atento y expectante, empezó a escribir ella con lentitud e indecisión. Pronto sus dedos se animaron y empezaron a trazar rápidos espasmos de tinta sobre el blanco impoluto.

“Querida Elia, hace poco más de una hora que has empezado tu trepidante aventura y ya te echamos de menos. Pero estamos muy orgullosos de ti. ¡Qué exploradora más valiente tenemos en la familia! Tu padre y yo ya estamos impacientes por recibir tu primera carta. Seguro que te lo pasarás genial en las colonias, conocerás a muchos niños y harás cosas maravillosas. ¡No te olvides de contárnoslo todo! ¿Cómo ha ido el viaje? ¿Cómo es el sitio? ¿Cómo es Francia?” Despegó sus ojos del papel y el bolígrafo se quedó en el aire, suspendido a pocos milímetros de su último trazo. Se giró levemente para observar de reojo a su marido. En efecto, no se equivocaba, leía ansioso las frases que ella iba enlazando, con una mirada ilusionada y llena de complicidad. Él se percató de ello y le devolvió la mirada risueño. “Me parece fenomenal, cariño, la animaremos a descubrir sus rutas de vuelo y la asistiremos en sus despegues y aterrizajes.” Se echaron a reír y, por unos momentos, unos largos instantes, sólo fueron hombre y mujer en el vacío del hogar.


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1 comentari:

  1. A todas las madres y padres que asisten a sus hijos en sus primeros vuelos ;)

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