21 de juny 2010

Sirenas con zapatos de tacón

De pequeño le contaron que había princesas y hechiceras y caballeros errantes que deshacían maleficios con besos y hacían brotar rosas de la sangre de dragón. De pequeño le contaron que existían sirenas y cantos embrujadores y héroes que combatían feroces en los mares y sucumbían a los besos de sus amadas. De pequeño le contaron que todo esto era mentira. Le contaron que eran ficticias las princesas y las hechiceras y las sirenas. Y que ni los caballeros, ni los héroes, ni los dragones eran reales. Porqué los cuentos, cuentos son. Así creció pues, descreido y abatido por una realidad tan deslucida, alejado de la magia y la ilusión de los relatos para niños. Le hubiera gustado robar unos años más a la inocencia y dejarse llevar por campos de batalla entre armaduras relucientes y bellas damas de trenzas doradas. No pudo ser. Los niños deben crecer. Y el niño se hizo adolescente y el adolescente se hizo joven y el joven se hizo hombre. Un hombre bueno, un hombre tranquilo, racional y realista. Nada quedaba de ese niño que creía en los cuentos. Sin embargo, se olvidaron de contarle en su momento, que a veces, la magia existe y los cuentos recobran vida.

Nada inusual presagiaba esa noche. Empezó con una cena como cualquiera, llena de conversaciones llanas, un menú asequible, buen vino y buena compañía. Amigos y desconocidos por conocer, hilando historias cotidianas de coches averiados, reuniones con jefes, rebajas de verano y viajes al extranjero. Alguien le habló de un libro y le apuntó la referencia en una servilleta de papel. Nuestro hombre no se quedó para los postres y fue al encuentro de una mujer. Sin embargo, cuanto más se alejaba de aquél restaurante, más le atraía una extraña fuerza de nuevo hacía él. Pegada en sus dedos esa servilleta de papel. Y es que las sirenas hoy en día visten tejanos y calzan deportivas, y en vez de cantos embrujadores, hablan de sus vidas. Esa noche nuestro marinero sin navío se refugió en brazos de la mujer que le aguardaba, pero ninguno de sus besos pudo romper el hechizo que hizo mella en él. Nunca más volvió a ver a su sirena y aprendió a convivir con el recuerdo de su canto. Los días pasaron y los meses también. Pero cada vez que pasaba cerca de ese restaurante o tocaba esa servilleta de papel, le embargaba el deseo y la sensación de que la volvería a ver.

Unos cuantos años no pasaron en valde. Nuestro hombre hizo y deshizo y rehizo su vida. Aunque el niño que fue empezaba de nuevo a soñar. Volvía a creer en sirenas, hechizos y héreos que surcan el mar. Así que se agarró bien fuerte a estos pedacitos de cuentos para poder esperar paciente ese beso que rompería el hechizo. ¡Loco! Le hubieran gritado, si jamás hubiera contado que una sirena le había hechizado. Pero cuentan por ahí, que a veces, los objetos, ciertos momentos, algunos lugares, quedan impregnados con toques de alma. También cuentan que las almas se buscan entre la muchedumbre sin saberlo, y en su intento no cesan, siempre al acecho de esas migas de pan que en su camino quedan. Ese restaurante. Esa sevilleta de papel. Los ecos de esos cuentos de niñez le susurraban al oido que algo debía pasar. El destino. El azar. Eterno. Fugaz. Su sirena le cantaría seguro una vez más. Y nada inusual presagiaba esa noche. Empezó con una cena como cualquiera, llena de conversaciones llanas, un menú asequible, buen vino y buena compañía. Alguien le habló de un libro y él sacó una servilleta de papel con una reseña. “¡Es de mi puño y letra!”. Si lo es, mi sirena, y a ti me ha devuelto. Ha sido el pequeño faro de mi hogar. Porqué los cuentos, a veces, no lo son. Y las sirenas hoy en día, visten tejanos y, a veces, zapatos de tacón.

Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada