Casi puede oír la aguja caer sobre el minuto siguiente, implacable, ensordecedora por encima del ajetreo de la estación de trenes. Cada sesenta segundos la sorprende el tac seco y contundente del minutero. Se les acaba el tiempo. Sabe que si cierra los ojos todo se desvanecerá y quedará suspendido en el aire, como un sueño que parece casi real y tienes que preguntarte si ha sucedido o ha sido sólo fruto de la imaginación. Se abraza a él con fuerza y encaja su cabeza bajo su barbilla. Respira profundamente e inhala su olor para retenerlo cuando se haya ido. Tiene la certidumbre que un poco de él le habrá entrado dentro. Se estremece y respira de nuevo.
La rodea con sus brazos y la acaricia con los dedos. Muy quieto, nota como respira profundamente. Le besa la frente y ella levanta su cara. Berta y Sergio se miran tranquilos y no se dicen nada. No les quedan palabras, sólo una especie de nostalgia por lo que han vivido esos últimos días. El mundo continua girando a su alrededor pero ellos son el eje, un eje silencioso y frágil, efímero. Los ojos en los ojos. Las manos paseándose por la espalda. Hace un esfuerzo sobrehumano para sentir cada milímetro de su piel y recordarla intacta, como un tatuaje en su propia piel. Y Sergio memoriza con los dedos, con los labios, también inspira con los ojos cerrados para que un poco de ella le entre dentro. Callan los dos como si cualquier palabra pudiera desconcentrarles y hacerles olvidar. El reloj marca cinco minutos menos para estar juntos, sólo cinco minutos para despedirse. Y ya son sólo cuatro. “¿Cuando nos volveremos a ver?”. ”No lo sé”. “Cuando podamos”. “Intentaré llamarte”. “Muy bien”. Y dice muy bien porque no puede decir nada más en ese momento.
Y el tiempo tiene la capacidad de robarnos ratos cuando los necesitamos, de alargarlos hasta la extenuación cuando no nos hacen falta. Los pasajeros empiezan a rodearles, los andenes se llenan de cuerpos y maletas, y los ruidos de las puertas que se abren, y el de los motores calentándose, algún empujón, unas cuantas familias con niños, bombas de ilusión y nerviosismo a punto de estallar, alguien tiene un perro histérico en una jaula, y el revisor que empieza a silbar y a poner orden, los altavoces que avisan por última vez de la inminente salida del tren destinación París. Y sus palabras y su último beso también suben al vagón y se disipa la magia y la nostalgia. Los ojos en los ojos, se dicen adiós.
El tren empequeñece más allá del andén. Sergio se ha difuminado en la nada de un sueño que la incertidumbre se lleva. Berta inerte en medio del andén, con un gran vacío en su interior, nada en las manos, nada en la piel, nada en los ojos, ni tan sólo le queda la certidumbre de que volverán a verse. Recuerda sus últimas palabras con dificultad. Cuando podamos. Se da cuenta que necesita más, saber cuándo, saber cómo, saber dónde, saber si… Es la Incertidumbre la que le arrebata todo lo que le queda de él, la que lo vuelve todo caduco, efímero, irreal. Sin prenda. Berta se encoge de hombros, gira sobre sus pies y empieza a caminar hasta la salida. El cuento se ha terminado. Se resigna, no puede hacer más. Y un poquito de ilusión se va por el desagüe.
Cuando baja el último peldaño de la gran escalinata de la estación de trenes, regresa a la realidad, a su realidad. El semáforo está en rojo, multitud de coches van pasándole por delante, bocinas, motores, humos, viandantes a su lado, conversaciones de extraños, ruido de platos cuando deja atrás bares y restaurantes, el sol brilla en un cielo amplio. Esta es su realidad, y lo será hasta que la incertidumbre se vuelva un poco más amable, un poco más concreta.















Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada