5 de jul. 2010

Pequeñas cosas

Le sudaban hasta los dedos de las manos. Cosquillas incómodas le resbalaban por la espalda hasta mojarle la goma del pantalón corto. Se miraba las piernas y sus pelos brillaban perlados de sudor. Sus calcetines habían ya perdido su capacidad de absorción y notaba como se le iba reblandeciendo la piel de los dedos de los pies. Con la mano izquierda, en un vano intento de aliviarse la angustia, desvió el recorrido de las gotas gordas que desde su frente pretendían alcanzar la punta de su nariz. Hasta el pelo empezó a canalizar cauces nuca abajo. Todo él era sudor, una fuente descomunal de secreciones que le producían un malestar considerable casi hasta la desesperación. Pero lo peor era que las gotas de sudor resultaban agujas punzantes sobre los doloridos músculos y huesos bajo su piel. Vio, a unos quinientos metros de él, apartado del camino, un árbol frondoso rodeado de sombra y verde hierba mullida. La tentación era demasiado fuerte y a pesar de los remordimientos que muy probablemente tendría después, su extenuación decidió por él. Recorrió esos últimos metros entregándoles su último aliento y al llegar al árbol, su torpe cuerpo se deshizo como pudo de la mochila y del bastón y se dejó caer en la penúmbra fresca y complaciente que le aguardaba.

¿Qué narices hacía él allí? ¿Quién se había creido que era? ¿Un quinceañero rebosante de energía? ¿Un deportista disciplinado y adicto a las agujetas? ¿A quién pretendía engañar? A nadie. Sólo a sí mismo. Cerró los ojos y procuró que su respiración se tornase normal. Sentía los latidos de su corazón salirse del pecho con unos espasmos totalmente desconocidos. Tenía la certeza que en cualquier momento le rompían la caja torácica con su demoledor brío. Las sienes doloridas y húmedas marcaban su propio ritmo. La cabeza también podía estallarle en cualquier momento. Sus pies insensibles. Las piernas no le obedecían. Veía unos brazos que no reconocía pero que muy probablemente debían ser suyos. Sus ojos observaban sólo manchas negras sobre colores desteñidos y revoloteaban sin sentido y sin permiso de un lado a otro. Y en cambio la espalda era un armatoste compacto y rígido que desgraciadamente notaba, y que ni con el suave masaje de la hierba blandita parecía destensarse. En el reconocimiento, o no reconocimiento, de las partes de su cuerpo que en ese momento no le pertenecían, aunque parecían estar todas ellas enteras, recuperó el aliento y su respiración de hombre urbanita. Al fin pudo empezar a relajarse.

Se estaba bien a cobijo de esas ramas de hojas grandes y oscuras. Intentaba visualizar el árbol con los ojos cerrados para determinar de qué árbol se trataba. De hecho, el árbol le había ofrecido el paraiso y quería recompensárselo convierténdolo en su árbol preferido. Su mente aún seguía procesando los infinitos estímulos que llegaban de todos los rincones sudorientos y doloridos de ese desvalido cuerpo que era el suyo, e ignoró descaradamente su intento de hallar el nombre del árbol. Ya se acordaría pues más adelante, tras reordenar el caos biológico que se acontecía en él. Así que se centró en lo que el árbol le ofrecía. Y le ofrecía una sutil oscuridad revitalizante que olía a tierra mojada y a… Un urbanita como él desconocía por completo esos olores y ni siquiera era capaz de determinar de dónde procedían exactamente. Era una mezcla aramotizada con distintas proporciones de frescor, intensidad, suavidad, dulzura. O al menos eso le parecía. Se sintió mal, le hubiera gustado descifrar al menos un olor, como cuando era crío e iban a visitar a su abuela en el pueblo. Todo, incluso la abuela, olía a lavanda, excepto la cocina, que siempre olía a canela, y  la ropa de cama, que olía a dosis inhumanas de naftalina.

Agudizó su oído, quizá le resultara más fácil esta tarea de reconocer su entorno y lograr recordar el motivo que le había llevado hasta allí. Oía las hojas acariciarse las unas con las otras cuando esa brisa escapadiza las rozaba. A lo lejos, algunos curiosos pájaros se comunicaban con el bosque de más allá. Oía crujidos de ramitas y el zumbido del aire entre los radios de las bicis que seguían el camino a unos metros de él. Algún grillo despistado no se había dado cuenta aún de que el sol gobernaba imperioso las horas. Insectos inéditos con su peculiar batir de alas, quizá alguna abeja, un abejorro o moscas. Sus nociones no daban para más suposiciones. Si se centraba aún más, creía reconocer el alegre y relajante deslizar de un riachuelo festejando las piedras. Le gustó lo que oía y decidió escuchar más atento lo que acontecía a su alrededor. Se dejó llevar. Aves, insectos, hojas, crujidos, zumbidos, las aguas que se le antojaron cristalinas y frescas. “¡Pero qué te pasa! Estábamos preocupados. ¡Qué narices haces aquí!”

El corazón le dio un vuelco y se incorporó al instante. Ahora que había conseguido calmarlo, se le rebelaba de nuevo arrítmico y angustioso. “¡Qué susto! Podrías haber sido más sutil”. “¿Pero estás bien? ¿Te pasa algo? Hace más de una hora que te esperamos en el refugio. Empezábamos a preocuparnos. ¿Qué haces aquí?”. “Nada, recuperarme a mí mismo. Gracias por venir a mi encuentro.” Se levantó con otras maneras, la cara sonrosada pero no roja, la camisa húmeda pero no mojada, con todas las partes de su cuerpo bien monitorizadas y coordinadas al unísono. Se puso la mochila y agarró fuerte el bastón, y ladenado la cabeza, dio a entender a su compañero que le cedía el puesto de guía. Retomaron el camino de tierra que dividía la ladera del bosque en dos hasta llegar al refugio. Las cuatro familias con críos descontrolados y sin opción “off”, les esperaban engañando el hambre con un par de bolsas de patatas fritas y unas cuantas latas de aceitunas. Pues sí, era un solterón huraño y sin fe, pero no estaba solo, tambien tenía el bosque y todas aquellas pequeñas cosas (inclusive aquellas que chillaban y corrían a abrazarle cada vez que le veían) que rompían su rutina y le devolvían su juventud. Y sí, tendría agujetas hasta el año siguiente, pero qué bien que le sentaban a su alma!



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2 comentaris:

  1. Es massa tard per llegir-ho tot, pero pinta be. Es teu ?

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  2. Si, tots els contes són meus, tant en català com en castellà. Ja em diràs el que t'ha semblat, quan l'acabis de llegir!

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