
Voy a contarte un cuento, de esos que no tienen final. Más bien, de esos cuentos que precisan de tu imaginación para alargarse o acortarse. Se van hilando despacito y van entrando dentro de ti. Tan adentro que ya no hace falta que te cuenten todos los detalles, y es que ya los sabes porqué acaban formando parte de ti. Aún hay más, te contaré un cuento que en realidad son tres, aunque esto no se sabe hasta el final. Y por raro que parezca, es un cuento que no tiene nada que ver con la casualidad. En realidad, no lo sé. Pero yo creo que hay cosas que suceden por alguna razón, hechos que se encadenan sin sentido aparente hasta que no te das la vuelta para verlos en su conjunto. Entonces todo adquiere un significado especial, todo encaja como en un puzzle y te sorprende lo sabia que es... bueno, iba a decir la Naturaleza, pero bien podría ser el Destino, el Sentido Común, Dios, Buda o Alá. Empecemos pues con este cuento que son tres, que no cuenta todo lo que sabe, que te entra adentro poco a poco y que no tiene ni fin, ni aparentemente, ningún sentido.
Se conocieron ya hace algunos años, cuando empezaban con cierta ilusión lo que tenía que ser una nueva vida. Esa esperanza tenían ellos, la de los adolescentes que creen que todo en esta vida es posible. Emprendieron el camino, más o menos convencidos de que era el adecuado, hasta que las gotas de lluvia diluyeron rápidamente la ruta. No era el momento. Hay gente que se cruza en nuestras vidas, va y viene, y aunque los nombres y las caras ya no se nos borran jamás, lo que no vivieron ellos, no les ocasionó ninguna desdicha. Siguieron otros senderos que les alejaron hacia otros paisajes, algunos claros, algunos espesos, algunos vacíos de vida, otros remansos de paz. Pero en su cruzada por la vida, se equivocaron. Retrocedieron cual cangrejos y avanzaron cual tortugas, a veces cual liebres. Tomaron decisiones, algunas al azar. Aprendieron lecciones que jamás olvidarán. Y de repente, se volvieron a encontrar. Sin embargo, ninguno creyó que estuvieran en el mismo andén, esperando el mismo tren. Lo que este cuento aún no desvela, es si alguno lamentó estar en lados opuestos.
Desconocidos amablemente cercanos que comparten cenas y algo más, mientras simulan y disimulan lo que no son y lo que son. Extraña combinación del comportamiento, propia de la prudencia y la curiosidad. Todo se vuelve deforme y resignado, hablan por hablar, se ilusionan porqué si, se besan porqué ya no pueden dejar de besar y simplemente se dejan llevar. Un toque de tristeza en sus ojos cada vez que cruzan sus miradas furtivas más allá de los besos vacíos, porqué saben que se están volviendo a equivocar. Demasiado tarde, ya han asumido que sus trenes pronto partirán y que ya todo quedará muy atrás. Sin embargo, cuando faltaron piezas que no quisieron buscar, tampoco se buscan de nuevo cuando te devuelve esa cara amable, una sonrisa vacía. No era el momento. Ya no habrá más momentos. Entonces se dan cuenta que hay errores que sirven para reaccionar. Lo que este cuento ahora no nos dice, es si alguno empezó a desear ese beso que sólo sería para ellos, que sólo contaría su historia.
Y el cuento nos lleva donde todo empezó, porqué como alfiles defendiendo a su rey, a veces es necesario recular para tomar perspectiva y proteger lo preciado. Nos describe nuestro cuento, una playa plateada bañada por un sol benevolente de media tarde. Tres personas reposan en tumbonas de bambú. Una de ellas relata una historia. Otra sólo asiente. La tercera calla sin ni siquiera atender. El orador, en medio, se apoya sentado en su tumbona, respaldo casi en vertical, vista al horizonte, deshila su relato copa de vino blanco en mano. El oyente, a su izquierda, se alarga boca abajo a lo ancho de su tumbona totalmente en horizontal, su mirada fija en el ausente. El ausente, al otro lado, toma el sol boca arriba, totalmente reclinado, la cabeza ladeada, mira el oyente. Y el orador que teje su historia aunque creo que sin público alguno. Termina su copa de vino blanco y reclina como ellos su tumbona, irrumpiendo en sus miradas, rompiendo con su gesto –buscando la mano de la ausente–, el momento donde todo empezó. Tampoco nos aclara todavía el cuento, si alguno de ellos lo notó.
Esa playa plateada bajo el sol de media tarde y tres tumbonas de bambú. ¿Pueden los besos vacíos en andenes opuestos borrar la nitidez de esta imagen? Y esta fue la razón para intentarlo. Para respirar hondo, tomar distancia y esperar. Esperar a que los trenes con destino a otros paisajes, estén ya a campo abierto para saltar y volver hacia atrás, hacia esa playa plateada bajo el sol de media tarde y sólo dos tumbonas de bambú. El cuento no nos cuenta si llegaron a encontrarse de nuevo en esa playa. Sin embargo, nos desvela que en ese andén, esperando trenes opuestos, había tres personas: el pasado, el presente y lo incierto. Y los dos últimos, lamentaron estar en lados opuesto. Nunca sabremos qué lamentó el pasado. Aún nos dice más, que en las cenas y algo más que compartieron, había tres comensales: el pasado, el presente y lo incierto. Y los dos últimos, entre besos vacíos, empezaron a anhelar ese beso que sólo sería para ellos, que sólo contaría su historia. Nunca sabremos qué deseó el pasado. Todavía hay algo más, nuestro cuento nos aclara que cuando ese gesto rompió el momento dónde todo empezó, todo se volvió un poco más cierto.
Y aquí se acaba este cuento que no tiene final porqué tu imaginación lo alargará o lo acortará a su antojo; que se ha ido hilando dentro de ti y no te cuenta los detalles porqué ya los sabes; que en realidad son tres cuentos: el pasado, el presente y lo incierto, que ahora ya es más cierto. Aquí termina el cuento que no tiene nada de casual, porqué las cosas pasan cuando tienen que pasar, se encadenan sin sentido aparente hasta que no te das la vuelta. Y piensas que la Naturaleza, el Destino, el Sentido Común, Dios, Buda o Alá, son sabios de verdad.