29 de juny 2010

Ruta de vuelo

Llegó a casa sumida en una ebriedad de contradicciones. La tristeza melancólica de esa inocencia dulce y tierna. La fuerza electrizante de la satisfacción. La sombra inquietante del temor. Pero por encima de todo, se sentía delirante de orgullo. Aquella criatura sonrosada de ojos despiertos y sonrisa alegre, hambrienta y llorona, había crecido ante sus ojos en un suspiro. Y érase una vez, una niña de mejillas sonrosadas, ojos despiertos y sonrisa alegre, hambrienta de mundo y de vida. Su niña se había ido. Y ella la añoraría cada día hasta su regreso. Se dio cuenta entonces, la piel erizada y escalofríos en la nuca, que ser madre también significaba eso. Se sentó en la primera silla que encontró a su alcance. Su marido se acercó y se sentó a su lado. Le cogió las manos y con sus pulgares le acariciaba sus palmas. Movía los labios despacio, a intervalos frecuentes. Ella no atendía. La luz de la mañana se posaba en su rostro. Una luz dorada de verano, pálida y tibia. Hacía un calor húmedo que la brisa ligera tornaba más indulgente. El reloj marcaba las diez y once. Doce. Trece. Su mente en blanco reordenaba veloz y eficaz todos los sentimientos, pensamientos, emociones, sensaciones deambulantes. Mujer hecha y derecha, sagaz y fuerte, madre y esposa. Un temor instintivo golpeaba con violencia su alma. Y sin embargo, su corazón bombeaba coraje, osadía, infinita generosidad.

Aturdida, levantó los ojos hasta encontrarse de nuevo en la realidad, en la serenidad reconfortante de su mirada. Nunca su esposo había dejado de mirarla asombrado por los hallazgos que día tras día en ella redescubría. Chispeantes reflejos celestes de la mediterránea, que la cobijaban con ternura y la calmaban. Todo parecía más sencillo. Ley de vida, que se diría. Lo complejo se deshacía como hielo bajo el sol. Y su embriaguez desconcertante se apaciguó. Los instantes convulsos se desvanecieron. “¿Sabes, amor?”, dejó salir con un suspiro. “Creo que lo hemos hecho bien. Creo que lo seguiremos haciendo bien.” Se inclinó hacia él y le beso suavemente. “Enseñarle a volar en todas direcciones para que luego vuele ella por donde desee.” Entonces se alargó para alcanzar una libreta y un bolígrafo que había en la mesa y con un gesto dulce acompañó el brazo de su marido hacia ella para que se sentara más cerca. Sin mediar palabra, su marido atento y expectante, empezó a escribir ella con lentitud e indecisión. Pronto sus dedos se animaron y empezaron a trazar rápidos espasmos de tinta sobre el blanco impoluto.

“Querida Elia, hace poco más de una hora que has empezado tu trepidante aventura y ya te echamos de menos. Pero estamos muy orgullosos de ti. ¡Qué exploradora más valiente tenemos en la familia! Tu padre y yo ya estamos impacientes por recibir tu primera carta. Seguro que te lo pasarás genial en las colonias, conocerás a muchos niños y harás cosas maravillosas. ¡No te olvides de contárnoslo todo! ¿Cómo ha ido el viaje? ¿Cómo es el sitio? ¿Cómo es Francia?” Despegó sus ojos del papel y el bolígrafo se quedó en el aire, suspendido a pocos milímetros de su último trazo. Se giró levemente para observar de reojo a su marido. En efecto, no se equivocaba, leía ansioso las frases que ella iba enlazando, con una mirada ilusionada y llena de complicidad. Él se percató de ello y le devolvió la mirada risueño. “Me parece fenomenal, cariño, la animaremos a descubrir sus rutas de vuelo y la asistiremos en sus despegues y aterrizajes.” Se echaron a reír y, por unos momentos, unos largos instantes, sólo fueron hombre y mujer en el vacío del hogar.


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25 de juny 2010

Hilos de plata

Cuando lo ha visto, ha pensado en ella. “Es perfecto para Blanca”, se ha dicho. Ya no ha podido dejar de imaginarse el tramado de plata resaltando la finura y el blancor del cuello de Blanca, ni los hilillos plateados resbalándole por el escote, insinuando las curvas incipientes de sus senos. Se ha ruborizado delante del escaparate y le ha hecho rabia su reflejo en él. Aún no se conocía tan romántico. Se ha agobiado y se ha alejado unos cuantos pasos. ¿Quién es este loco irracional que al ver un collar piensa en una desconocida?

Se vuelve y desaparece calle abajo. Se olvida de su cuello esbelto, de su nariz proporcionada, de sus pómulos redondos, de sus labios carnosos. Se olvida de sus cabellos cortos, hilos de oro sobre sus ojos, ventanas al cielo. Reconoce el hombre franco que ve en el culo de la jarra vacía de cerveza. Se le escapa una carcajada ruidosa y mira a sus amigos con los ojos vidriosos. “¿Sabéis qué me ha pasado?”, empieza divertido, “¡He visto un collar precioso ideal para Blanca!”. Y todos se ponen a reír como locos porqué no tiene ningún sentido.

Por la noche, siente su piel en sus dedos. Podría dibujar cada rincón de su delicado cuerpo con los ojos cerrados. Oye su voz y percibe el tacto de sus labios. Un escalofrío le eriza la piel cuando cierra los ojos y ve nítida la fuerza de su mirada. Es viva pero serena. Firme pero dulce. Se da cuenta que, entonces, no es tan desconocida. Indeciso, se hace a si mismo una prueba. ¿Recuerda cómo anda? ¿O cómo se quita los zapatos? ¿Sabe cómo se duerme? ¿O cómo corta en pequeños trocitos la fruta?

Al día siguiente se levanta cansado. No ha dormido bien. Ha dado vueltas incómodo en la cama. Se viste con los primeros pantalones que ha encontrado en el armario y busca una camisa a juego. No da importancia ni a los colores ni a las formas. Cualquier camisa le quedará bien con los pantalones marrones. Se duchará por la noche, ahora no tiene tiempo. Se arregla el pelo con los dedos y se lava la cara. Se calza, coge el abrigo, el maletín y sale corriendo a toda prisa.

Se para delante del collar de hilos de plata. Sonríe. Dentro, le preparan una cajita envuelta en papel mate de color azul marino. Tiene un toque tornasolado. El lazo, plateado. Cuando alarga la tarjeta vuelve a sonreír. El acto que ayer le parecía absurdo, le resulta de los más coherente hoy. “Es lógico”, dice, “Sólo puede quedarle bien a Blanca, este collar”. Cuando sale de la joyería se mira en el escaparate. Se reconoce. Es él ese hombre con las mejillas encendidas y ese ademán alegre. Se ve más joven. Más atractivo.

Dudará cuando tenga a Blanca frente suyo. En secreto, le reprochará que él se haya gastado dinero en ella. En secreto, se arrepentirá de ser tan tacaño. En el fondo, sabe que lo que le duele es el orgullo, el haberse perdido entre las curvas de su cuerpo, de su Blanca, su pequeña desconocida que de lo absurdo hace coherencia. Le alargará la cajita coronada con un lazo plateado. Se reconocerá en el reflejo de los ojos de Blanca. Sabrá que todo va bien, que todo es coherente, y dejará de hacerse reproches. Príncipe a los ojos de Blanca.

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Fils de plata

Quan ho ha vist, ha pensat en ella. És perfecte per a la Blanca, s’ha dit. Ja no ha pogut deixar d’imaginar-se l’entramat de plata ressaltant la finesa i la blancor del coll de la Blanca. I els fils platejats lliscant escot avall, insinuant les corbes incipients dels seus pits. S’ha ruboritzat davant l’aparador i li ha fet ràbia el seu reflex sobre el vidre. Encara no es coneixia tan romàntic. S’atabala i se n’allunya unes passes. Qui és aquest boig irracional que en veure un collaret pensa en una desconeguda?


Gira cua i desapareix carrer avall. S’oblida del seu coll esvelt, del seu nas proporcionat, dels seus pòmuls rodons, dels seus llavis molsuts. S’oblida dels seus cabells curts, fils d’or sobre els ulls, finestres cap al mar. Reconeix l’home franc que veu al cul de la gerra de cervesa. Deixa anar una rialla sorollosa i es mira els seus amics amb ulls vidriosos. Sabeu què m’ha passat? Comença divertit, que he vist un collaret preciós, ideal per a la Blanca. I tots esclafen a riure perquè no té cap sentit.

A la nit, dins del llit, sent la seva pell als seus dits. Podria dibuixar cada racó del seu cos menut amb els ulls tancats. Sent la seva veu i el tacte dels seus llavis. Una esgarrifança li eriça la pell quan tanca els ulls i veu nítida la seva mirada. És viva però serena. És ferma però dolça. S’adona que, llavors, ja no és tan desconeguda. Indecís, es fa una prova. Recorda com camina? O com es treu les sabates? Recorda com s’adorm? O com talla en petits trossets la fruita?

L’endemà es lleva cansat. No ha dormit bé. S’ha remogut incòmode dins del llit. Es vesteix amb els primers pantalons que troba a l’armari i busca una camisa a joc. No dóna gens d’importància ni als colors ni a les formes. Qualsevol camisa quedarà bé amb els pantalons marrons. Es dutxarà a la nit, ara no té temps. S’arregla els cabells amb els dits i es renta la cara. S’acaba de calçar, agafa la parca i el maletí i surt de casa a corre-cuita.

S’atura davant del collaret de fils de plata. Somriu. A dins, li preparen una capseta embolicada amb paper mat de color blau marí. Té un toc tornassolat. El llaç platejat. Quan allarga la targeta torna a somriure. L’acte que ahir li semblava absurd, li resulta ara d’allò més coherent. És lògic, es diu, només pot quedar-li bé a la Blanca, aquest collaret. Quan surt de la joieria es mira al vidre de l’aparador. Es reconeix. És ell l’home de les galtes enceses i el posat alegre. Es veu més jove. Es veu més atractiu.

Dubtarà quan tingui la Blanca al davant. En secret, li retraurà que ell s’ha gastat diners en ella. En secret es penedirà d’haver estat tan avar. En el fons, sap que el que li molesta és haver-se perdut entre les corbes del seu coll, de la seva Blanca, petita desconeguda que de l’absurd en fa coherència. Li allargarà la capseta coronada amb un llaç platejat. Es coneixerà en el reflex dels ulls de la Blanca. Sabrà que tot va bé, que tot és coherent, i deixarà de fer-se retrets. Bell als ulls de Blanca.

22 de juny 2010

Un cuento

Voy a contarte un cuento, de esos que no tienen final. Más bien, de esos cuentos que precisan de tu imaginación para alargarse o acortarse. Se van hilando despacito y van entrando dentro de ti. Tan adentro que ya no hace falta que te cuenten todos los detalles, y es que ya los sabes porqué acaban formando parte de ti. Aún hay más, te contaré un cuento que en realidad son tres, aunque esto no se sabe hasta el final. Y por raro que parezca, es un cuento que no tiene nada que ver con la casualidad. En realidad, no lo sé. Pero yo creo que hay cosas que suceden por alguna razón, hechos que se encadenan sin sentido aparente hasta que no te das la vuelta para verlos en su conjunto. Entonces todo adquiere un significado especial, todo encaja como en un puzzle y te sorprende lo sabia que es... bueno, iba a decir la Naturaleza, pero bien podría ser el Destino, el Sentido Común, Dios, Buda o Alá. Empecemos pues con este cuento que son tres, que no cuenta todo lo que sabe, que te entra adentro poco a poco y que no tiene ni fin, ni aparentemente, ningún sentido.

Se conocieron ya hace algunos años, cuando empezaban con cierta ilusión lo que tenía que ser una nueva vida. Esa esperanza tenían ellos, la de los adolescentes que creen que todo en esta vida es posible. Emprendieron el camino, más o menos convencidos de que era el adecuado, hasta que las gotas de lluvia diluyeron rápidamente la ruta. No era el momento. Hay gente que se cruza en nuestras vidas, va y viene, y aunque los nombres y las caras ya no se nos borran jamás, lo que no vivieron ellos, no les ocasionó ninguna desdicha. Siguieron otros senderos que les alejaron hacia otros paisajes, algunos claros, algunos espesos, algunos vacíos de vida, otros remansos de paz. Pero en su cruzada por la vida, se equivocaron. Retrocedieron cual cangrejos y avanzaron cual tortugas, a veces cual liebres. Tomaron decisiones, algunas al azar. Aprendieron lecciones que jamás olvidarán. Y de repente, se volvieron a encontrar. Sin embargo, ninguno creyó que estuvieran en el mismo andén, esperando el mismo tren. Lo que este cuento aún no desvela, es si alguno lamentó estar en lados opuestos.

Desconocidos amablemente cercanos que comparten cenas y algo más, mientras simulan y disimulan lo que no son y lo que son. Extraña combinación del comportamiento, propia de la prudencia y la curiosidad. Todo se vuelve deforme y resignado, hablan por hablar, se ilusionan porqué si, se besan porqué ya no pueden dejar de besar y simplemente se dejan llevar. Un toque de tristeza en sus ojos cada vez que cruzan sus miradas furtivas más allá de los besos vacíos, porqué saben que se están volviendo a equivocar. Demasiado tarde, ya han asumido que sus trenes pronto partirán y que ya todo quedará muy atrás. Sin embargo, cuando faltaron piezas que no quisieron buscar, tampoco se buscan de nuevo cuando te devuelve esa cara amable, una sonrisa vacía. No era el momento. Ya no habrá más momentos. Entonces se dan cuenta que hay errores que sirven para reaccionar. Lo que este cuento ahora no nos dice, es si alguno empezó a desear ese beso que sólo sería para ellos, que sólo contaría su historia.

Y el cuento nos lleva donde todo empezó, porqué como alfiles defendiendo a su rey, a veces es necesario recular para tomar perspectiva y proteger lo preciado. Nos describe nuestro cuento, una playa plateada bañada por un sol benevolente de media tarde. Tres personas reposan en tumbonas de bambú. Una de ellas relata una historia. Otra sólo asiente. La tercera calla sin ni siquiera atender. El orador, en medio, se apoya sentado en su tumbona, respaldo casi en vertical, vista al horizonte, deshila su relato copa de vino blanco en mano. El oyente, a su izquierda, se alarga boca abajo a lo ancho de su tumbona totalmente en horizontal, su mirada fija en el ausente. El ausente, al otro lado, toma el sol boca arriba, totalmente reclinado, la cabeza ladeada, mira el oyente. Y el orador que teje su historia aunque creo que sin público alguno. Termina su copa de vino blanco y reclina como ellos su tumbona, irrumpiendo en sus miradas, rompiendo con su gesto –buscando la mano de la ausente–, el momento donde todo empezó. Tampoco nos aclara todavía el cuento, si alguno de ellos lo notó.

Esa playa plateada bajo el sol de media tarde y tres tumbonas de bambú. ¿Pueden los besos vacíos en andenes opuestos borrar la nitidez de esta imagen? Y esta fue la razón para intentarlo. Para respirar hondo, tomar distancia y esperar. Esperar a que los trenes con destino a otros paisajes, estén ya a campo abierto para saltar y volver hacia atrás, hacia esa playa plateada bajo el sol de media tarde y sólo dos tumbonas de bambú. El cuento no nos cuenta si llegaron a encontrarse de nuevo en esa playa. Sin embargo, nos desvela que en ese andén, esperando trenes opuestos, había tres personas: el pasado, el presente y lo incierto. Y los dos últimos, lamentaron estar en lados opuesto. Nunca sabremos qué lamentó el pasado. Aún nos dice más, que en las cenas y algo más que compartieron, había tres comensales: el pasado, el presente y lo incierto. Y los dos últimos, entre besos vacíos, empezaron a anhelar ese beso que sólo sería para ellos, que sólo contaría su historia. Nunca sabremos qué deseó el pasado. Todavía hay algo más, nuestro cuento nos aclara que cuando ese gesto rompió el momento dónde todo empezó, todo se volvió un poco más cierto.

Y aquí se acaba este cuento que no tiene final porqué tu imaginación lo alargará o lo acortará a su antojo; que se ha ido hilando dentro de ti y no te cuenta los detalles porqué ya los sabes; que en realidad son tres cuentos: el pasado, el presente y lo incierto, que ahora ya es más cierto. Aquí termina el cuento que no tiene nada de casual, porqué las cosas pasan cuando tienen que pasar, se encadenan sin sentido aparente hasta que no te das la vuelta. Y piensas que la Naturaleza, el Destino, el Sentido Común, Dios, Buda o Alá, son sabios de verdad.

21 de juny 2010

L'oblit

La Laura recull els plats i les copes amb la calma de qui no té pressa ni li ve de gust fregar la vaixella ni deixar neta la cuina. Està absorta i molt lluny del que està fent. Una copa li rellisca de les mans i esclata en mil bocins quan xoca al terra. El soroll i l’escampall la corprenen i torna en si. S’adona que estava distreta i es retreu no haver parat més compte però s'alegra de que estigués buida. Enfadada amb si mateixa va a buscar l’escombra i la pala, i abans de fer net, es queda mirar els petits trossets brillants de cristall que semblen petites joies sobre el parquet. Sent una coïssor al turmell i quan baixa la vista veu un regalim de sang. Un cristall li ha esquinçat la pell.

Moments esberlats que resten a la seva ment i que llueixen sense llum pròpia. Tanmateix, ja no són més que instants sense valor que han deixat de ser i que ja no fan mal. Recorda nítidament l’observació que un dels comensals va deixar anar ahir durant el sopar. Si tu no has pogut oblidar, jo tampoc podré fer-ho, hi ha records que no s’esborren i jo creia que si. En aquell moment va sorprendre’s de la seva resposta, potser perquè mai abans no s’ho havia plantejat i encara no sabia que n’opinava. No s’esborren, però deixen de fer mal, simplement hi són i aprens a conviure-hi. De seguida algú va canviar de tema i va reomplir les copes buides.

Comença a escombrar els bocins de cristall i recorda aquell episodi que va suscitar el comentari del convidat. Ara farà ja cinc anys d’allò. El que més va doldre-li és no entendre-ho, la incertesa, el no saber el perquè de tot plegat. Sobretot, el rebuig. D’un dia per l’altre, va dir-li que l’havia pifiat del tot. Llavors va deixar de parlar-li. No va rebre cap més explicació, cap més argument. Aquella persona va esfumar-se completament de la seva vida sense deixar ni rastre i va endur-se tots els records, les converses, els viatges, les rialles, la convivència, l’amistat. Només va deixar el dubte de si tot havia estat irreal, fingit, obligat. Va deixar l’absència. La confusió. El dolor.

Acaba d’abocar la pala a les escombreries i s’entreté mirant com davallen els trossets de copa fins al cul de la bossa de plàstic. El que abans era una fina i esvelta copa de vi blanc, ara ja no és res, petits bocins que brillen sobre el negre del plàstic, vestigis del que havia estat, però ja no li fa ràbia que s’hagi trencat. S’ha preocupat bé de no oblidar-se cap cristall en algun racó del menjador per no fer-se mal quan camini descalça. Ferma a consciència la bossa d’escombreries i l’aparta a un costat. Ja no prendrà mal i no ha de patir. De seguida llançarà la brossa per precaució. Revisa altre cop el terra per assegurar-se que no queda cap cristall.

Es posa les piles i en un moment té el menjador i la cuina recollits. Amb molt de compte, posa les copes de vi blanc a la vitrina després d’eixugar-les curosament amb un tovalló de paper absorbent. Una per una, les va arrenglerant i fan goig. Va comprar-les a Praga, cristall de Bohèmia. Se’n va enamorar a l’instant i quan hi beu el vi, té la sensació de que és més bo, més gustós, més glamurós. Només al final, quan ja les té totes al lloc que els pertoca, nota l’absència de la que li ha caigut. Té la certesa que sempre més sentirà també l’absència d’aquella persona, però aquesta sensació ja no li fa mal, només bocins de cristall al fons d’una bossa de plàstic negre d’escombreries. La copa ja no hi és, però li és igual, ja no té importància, només ho recorda, amb més o menys tristesa, amb més o menys dubtes, però sense dolor.

Fortes, fràgils

La Clara, dreta davant del mirall, la roba interior de setí negre, es pregunta de nou si vol sortir a prendre una copa sola. S’obliga a recordar-se que de ben segur que coincideix amb algun conegut, que encara es jove i bonica i que al final, segur que es deixa dur per l’ambient i s’ho acaba passant bé. Potser fins i tot es fixarà en algun home interessant. El mirarà fins que ell li retorni la mirada i, tot seguit, n’apartarà els ulls segura de que ell ja no deixarà de mirar-la de cua d’ull en tota la nit. Però se sent cansada aquesta nit i la mà li tremola quan es posa el rimmel. S’emmascara la parpella i deixa anar un sospir. Desisteix i defalleix.

Asseguda a la punta del llit en roba interior de setí negre, es pregunta si mai trobarà algú capaç d’enamorar-la i de correspondre-la. Odia aquestes nits en que es trenca alguna cosa dins seu i se sent fràgil i poruga, incapaç de seguir lluitant sola per abastar els seus somnis. Es deixa caure enrere, sobre el llit, i es queda mirant el no-res del sostre. Deixa la ment en blanc. Sent com li pesa tot el cos però de cop, deixa de sentir-lo. Com si l’ànima l’hagués abandonat i el sobrevolés. L’ànima observa l’escena. Un cos inert, peus al terra, genolls en angle recte i les cuixes i el tors allargats sobre els llençols nets de cotó. Pell bruna, tensa i vellutada. Ventre llis. Pits ferms en copes de setí negre. Coll llarg i esvelt. Llavis de cirera. L’ull emmascarat.

Torna al seu cos i s’incorpora. Ningú no li pot prendre els seus somnis, encara que hagi de seguir el camí tota sola. S’aixeca enèrgica i davant del mirall del bany, amb un cotonet xopat de crema, es neteja amb molta cura la parpella emmascarada. Si es queda a casa acabarà de trencar-se, millor sortir i divertir-se que això la fa més alegra i feliç. Amb els dits s’arregla els cabells, toc de perfum i una última ullada al conjunt. Està maca. S’encamina a l’armari i tria un vestit de seda negre, lleuger i vaporós, que insinua les seves corbes molt subtilment. Es calça les sandàlies negres de cinc centímetres de taló fi. Es mira sencera al mirall. Està sexy i se sap forta. Es pica l’ullet abans de sortir de cas. Se sent animada.

Quan entra al club de sempre, les llums càlides i tènues dels fanals de disseny del jardí li il•luminen la mirada i el seu pas s’aferma entre les taules. Saluda a uns i a altres amb un somriure sublim. El barman ja li té el Dry Martini preparat quan arriba a la barra, on troba un parell de coneguts. Xerren, beuen, riuen, improvisen uns passos de salsa, s’obliden dels seus temors. I entre glop i glop, l’albira entrant al club. Camisa blanca descordada fins al segon botó, màniga llarga doblegada per sobre els canells. Texans foscos i calçat còmode urbà. La Clara es fixa en com camina, com es mou, com mira al seu voltant, com somriu als altres i els parla. El segueix encuriosida fins a la barra, on ell demana una copa i alça els ulls cap a ella. Li sosté la mirada el temps just perquè el desconegut ja no deixi de mirar-la i buscar-la en tota la nit.

I quan s’adorm al seu costat, el desconegut li sembla menys desconegut però la roba interior de setí negre al terra, li sembla menys brillant. La Clara s’arrauleix al costat d’ell i li agraeix en silenci que li hagi recordat que les dones fortes, a voltes, també poden ser fràgils i poden deixar-se cuidar.

El lienzo que se hace presente

Érase una vez una mujer que amaba a un hombre. Sin embargo, lo amaba en la distancia, inalcanzable ser que no podía besar, ni abrazar. Añoraba su mirada al hablarle, su cabello, su olor, el sabor de sus labios. Añoraba su voz al despertar. Añoraba su mano en la suya y sus pies calientes bajo las sábanas. Añoraba su forma de andar, el ruido de sus pasos y la firmeza de su piel. Añoraba todos y cada uno de los momentos que pasaban juntos. Añoraba su sonrisa y sus carcajadas, y su respiración al acariciarlo. Su añoranza era tal, que en cada suspiro perdía un poquito de alma y vagaba por las calles sin levantar la mirada, deseando que el tiempo se compadeciera de ella y se agotara. Hasta que un día, desvalida y decadente, se rindió junto al lago, a los pies de un sauce llorón. Se ahogó en sus lágrimas hasta que el sueño la atrapó.

Al despertarse, vió a su lado un viejo rechoncho de aspecto bondadoso. Lucía una larga barba gris llena de migas de pan. Llevaba tejanos y camisa a cuadros, deportivas y un abrigo un poco raído. Apenas tuvo tiempo de incorporarse que el viejo se puso a hablar. “Una no se puede quedar dormida así por las buenas. Suerte tienes de conservar tus pertenencias. ¿Qué haces aquí? Te abandona el alma. ¿Te apetece hablar un poco? Te he guardado medio bocadillo de jamón por si te apetecía un bocado. ¿Lo quieres? He visto muchas personas como tú. El amor os duele en las entrañas. Veo como suspiráis trocitos de alma. ¿De qué sufres tú? ¿Desamor? ¿Traición? Déjame pensar. Déjame verte. ¡Tú, hija mía, sufres de añoranza! ¿Te has preguntado alguna vez por qué las noches están pobladas de estrellas?”. Acarició el pelo de la atónita mujer, se levantó y se fue.

La mujer que amaba a un hombre no daba crédito ni a sus ojos, ni a sus oídos, y se asustó cuando se dio cuenta que a pesar del surrealismo de lo sucedido, no se trataba de un sueño, es más, hasta se preguntó por qué las noches están pobladas de estrellas. Y así pasó la tarde, frente al lago y a los pies de un sauce llorón, preguntándose que hacían esas estrellas colgando en la oscuridad. Notó una leve brisa en su pelo, del lado donde ese extraño la acarició. Se comió el bocadillo de jamón sin reparo alguno. Notó que su añoranza se hacía más ligera, más llevadera. Y así también anocheció. Anocheció sin estrellas. Una noche oscura, triste, fría. ¿Dónde están las estrellas? Pensó en su amado. No podían abrazarse, besarse, acariciarse, pero se amaban y se sabían juntos bajo esas mismas estrellas que lucían para ellos cada noche. ¿¡Dónde estaban sus estrellas?!

Y su añoranza se alzó por encima del sauce llorón, brillante y resplandeciente hasta posarse en ese negro firmamento. Con cada suspiro de añoranza iba ella poblando de estrellas esa noche. Poco a poco, la oscuridad se tornó belleza y la belleza le devolvió su alma. Pensó en su amado. Pensó en las estrellas que cada noche en el cielo se recostaban, regalándoles un poquito de presente. Pedacitos de amor que robaban a la distancia. Estrellas que protegían sus sueños y les devolvían sus almas. “Mi amor, haré de la añoranza un bonito lienzo para contemplarlo contigo.” Y la mujer que amaba a un hombre decidió dejar de amarlo desde la añoranza. “Y de este lienzo haremos presente hasta que vuelvas a mi.”

Sirenas con zapatos de tacón

De pequeño le contaron que había princesas y hechiceras y caballeros errantes que deshacían maleficios con besos y hacían brotar rosas de la sangre de dragón. De pequeño le contaron que existían sirenas y cantos embrujadores y héroes que combatían feroces en los mares y sucumbían a los besos de sus amadas. De pequeño le contaron que todo esto era mentira. Le contaron que eran ficticias las princesas y las hechiceras y las sirenas. Y que ni los caballeros, ni los héroes, ni los dragones eran reales. Porqué los cuentos, cuentos son. Así creció pues, descreido y abatido por una realidad tan deslucida, alejado de la magia y la ilusión de los relatos para niños. Le hubiera gustado robar unos años más a la inocencia y dejarse llevar por campos de batalla entre armaduras relucientes y bellas damas de trenzas doradas. No pudo ser. Los niños deben crecer. Y el niño se hizo adolescente y el adolescente se hizo joven y el joven se hizo hombre. Un hombre bueno, un hombre tranquilo, racional y realista. Nada quedaba de ese niño que creía en los cuentos. Sin embargo, se olvidaron de contarle en su momento, que a veces, la magia existe y los cuentos recobran vida.

Nada inusual presagiaba esa noche. Empezó con una cena como cualquiera, llena de conversaciones llanas, un menú asequible, buen vino y buena compañía. Amigos y desconocidos por conocer, hilando historias cotidianas de coches averiados, reuniones con jefes, rebajas de verano y viajes al extranjero. Alguien le habló de un libro y le apuntó la referencia en una servilleta de papel. Nuestro hombre no se quedó para los postres y fue al encuentro de una mujer. Sin embargo, cuanto más se alejaba de aquél restaurante, más le atraía una extraña fuerza de nuevo hacía él. Pegada en sus dedos esa servilleta de papel. Y es que las sirenas hoy en día visten tejanos y calzan deportivas, y en vez de cantos embrujadores, hablan de sus vidas. Esa noche nuestro marinero sin navío se refugió en brazos de la mujer que le aguardaba, pero ninguno de sus besos pudo romper el hechizo que hizo mella en él. Nunca más volvió a ver a su sirena y aprendió a convivir con el recuerdo de su canto. Los días pasaron y los meses también. Pero cada vez que pasaba cerca de ese restaurante o tocaba esa servilleta de papel, le embargaba el deseo y la sensación de que la volvería a ver.

Unos cuantos años no pasaron en valde. Nuestro hombre hizo y deshizo y rehizo su vida. Aunque el niño que fue empezaba de nuevo a soñar. Volvía a creer en sirenas, hechizos y héreos que surcan el mar. Así que se agarró bien fuerte a estos pedacitos de cuentos para poder esperar paciente ese beso que rompería el hechizo. ¡Loco! Le hubieran gritado, si jamás hubiera contado que una sirena le había hechizado. Pero cuentan por ahí, que a veces, los objetos, ciertos momentos, algunos lugares, quedan impregnados con toques de alma. También cuentan que las almas se buscan entre la muchedumbre sin saberlo, y en su intento no cesan, siempre al acecho de esas migas de pan que en su camino quedan. Ese restaurante. Esa sevilleta de papel. Los ecos de esos cuentos de niñez le susurraban al oido que algo debía pasar. El destino. El azar. Eterno. Fugaz. Su sirena le cantaría seguro una vez más. Y nada inusual presagiaba esa noche. Empezó con una cena como cualquiera, llena de conversaciones llanas, un menú asequible, buen vino y buena compañía. Alguien le habló de un libro y él sacó una servilleta de papel con una reseña. “¡Es de mi puño y letra!”. Si lo es, mi sirena, y a ti me ha devuelto. Ha sido el pequeño faro de mi hogar. Porqué los cuentos, a veces, no lo son. Y las sirenas hoy en día, visten tejanos y, a veces, zapatos de tacón.

Una copa de gin

Suaves y mullidos, tiernamente tibios, presionaron levemente los suyos y se entreabrieron con desconcertante ímpetu para ofrecerle un soplo húmedo de calor y carícias sabor a miel. Un par de segundos irreales. Dos más para volver a la realidad. Algunos para notar esos labios buscando los suyos. Y los últimos para gozarlos sin demasiado temor. Largo y único. Tan apasionado como descolocante. A Gustavo le parece incorpórea, intangible, vano fantasma de niebla y luz entre sus brazos. Y es que junto al beso, Ana deja una sombra de incertidumbre cuando se adentra en su portal y desaparece en el ascensor. Durante un instante, Gustavo piensa en callar. Luego en hablar. Piensa en olvidar. Luego en soñar. Piensa en huir. Luego en luchar. Dibuja una mueca. Esboza una sonrisa. En la cima de una montaña siente el vértigo en sus entrañas y una extraña sensación de bienestar, el aire de la libertad. Rey por un día en las alturas de un placer sin igual. No sabe que debe permitirse sentir. Decide esperar. Esperar a que Ana vuelva a él o se desvanezca en esa noche viciada de surrealismo y mezclas de alcohol. No sabe si a medias podrá quererla. Peón a merced de la reina. Y sin embargo, el tiempo le guía entre sus miedos y calma su inquietud.

Gustavo retoma su vida al día siguiente, dejando para más adelante cualquier tipo de reflexión. Decidió que esperaría y aún mantiene su postura. Demasiado mayor se cree para andar jugando en amoríos sin sentido. Ana no es para él. Demasiado guapa, demasiado espontánea, demasiado apasionada, demasiado divertida. Demasiado vulnerable. Demasiado peligrosa quizá. Gustavo teme enamorarse de un imposible. Pero de momento, prefiere no perderse en el laberinto de sus emociones. Sigue con sus quehaceres sin más. Ni tan sólo comenta los acontecimientos a sus allegados mientras comparten una cerveza y hablan de todo y de nada. Hasta que la rutina y el silencio le convencen de que fue sólo un instante lo que aquella noche sucedió. Vuelve a ser el hombre pausado y firme que era antes de ser sorprendido una noche en un portal. Ese beso estremecedor ya sólo es una nebulosa que se dispersa entre su mundo y la irrealidad. Los días pasan sin demasiado brío y las noches se alargan hasta al amanecer. Pero copa de gin en mano, disimula las ojeadas que lanza más allá de las conversaciones que le rodean, en busca de esos rizos azabache que le permitirán de nuevo soñar. Los hielos se tambalean en el vaso y se deshacen con su ilusión.

Una cara conocida, de amable sonrisa y mirada cómplice, se aproxima a él con una nueva copa de gin. En ella, tres relucientes cubitos flotan sin pesar alguno. Y es que los sueños vienen y van, se desvanecen y vuelven a florecer. Mientras haya un vaso lleno, habrá gustos, y olores, y colores, y esperanzas que hilar y deshilar. Pero lo que uno se ha bebido con gozo, ya nadie lo podrá reclamar. Quien sabe si mañana esos rizos azabache le regalarán de nuevo un beso delante de un portal. Quizá no serán rizos sino trenzas de oro y sus besos sabrán a melocotón frente a la barra de un bar. Gustavo sorbe ya sin temor alguno su copa de gin y le parece más refrescante, más aromática en su paladar. A lo lejos oye una risa familiar. Es Ana. Ya no quiere esperar. Si los suspiros son aire y van al aire, y las lágrimas son agua y van al mar, cuando un sueño se olvida, ¿sabes tú adónde va? Gustavo la saluda y hablan y ríen y llenan más copas de gin. Ahora Ana le parece menos incorpórea, menos intangible, y es que cuando uno sueña sin temor, hasta el sueño puede volverse real.