¿Por qué pasan las cosas? ¿Existe el Destino? Nacemos, crecemos, sobrevivimos y morimos siguiendo un patrón impuesto por algo o alguien. Títeres a merced de unos hilos y una mano desconocida. ¿O es cuestión del causa-y-efecto? Una fórmula matemática cuyas variables escapan a nuestra imaginación y razón. Y entonces es cierto que el batir de unas alas de mariposa o el parpadeo de unas pestañas con pegotes de rímel pueden cambiar el mundo. ¿O quizás es pura casualidad? El azar que, irónicamente imparcial, pone nuestro mundo del derecho y del revés para luego reordenarlo todo y desordenarlo otra vez, sin sentido, sin lógica, a su albedrío. Aún hoy me pregunto qué pasó, qué nos pasó. ¿Por qué a nosotros? No recuerdo haberlo visto venir. Tampoco recuerdo que me sorprendiera su llegada, como si fuera algo natural. Así pues, ¿fue o no fue algo imprevisto? Dicen que la calma precede a la tormenta y que tras la tormenta llega la calma. ¿Fui incapaz yo, de prever lo que se avecinaba? Ya no lo recuerdo. Y cuanto más escarbo entre las sombras de mis entrañas, más se escapan de entre mis dedos, imágenes y olores y colores y sabores. ¿Cómo sucedió? Quizá si consigo responder a esto, seré capaz después, de entender el porqué. Ella seguía siendo una mujer preciosa. Con su sedosa melena castaña deslizándose por su espalda. Una cascada de cabello que apetecía oler y acariciar. Ojos brillantes y oscuros, abismos misteriosos que aún me hacen temblar. Nariz y barbilla de porcelana, finura que asusta. ¡No la toques, que se rompe! Su voz tampoco había cambiado a pesar de los años. Serena y plana, hablaba casi en susurros. Ya entonces me parecía una voz falta de brío. Sus dedos frágiles y blancos jugueteaban como antaño con el sobrecillo de azúcar de su cortado. Iba girándolo del derecho y del revés, notando como los granitos del interior le masajeaban las yemas de los dedos. En breve se rompería el sobrecito por el trajín. Ella recogería el azúcar esparcido por la mesa con una mano para dejarlo caer en la otra, y lo sacudiría en el platito donde se enfriaba su cortado. Luego apartaría el sobrecito en una esquina de la mesa para ignorarlo acto seguido como si jamás hubiera existido. Se había mojado los labios un par de veces pero aún estaba demasiado caliente para bebérselo. Cortado sin azúcar con leche del tiempo. Por lo visto, hay cosas que no cambian.
Nuestro último encuentro tampoco fue planeado. Ella bajaba del autobús y yo esperaba el mío en esa misma parada. Tras unos segundos de confusión y reubicación en el momento presente, nos saludamos efusivamente con una gran sonrisa. Hacía un par de años que no sabíamos nada el uno del otro. Bueno, algo sí sabíamos. Lo que se cuenta por ahí. Algún familiar que se cruza en el camino, un vecino o un amigo de entonces. Lo típico. “Sí, creo que sigue soltera y vive no sé dónde”. “Sí, algo pasó con el perro”. “No, dejó de ir al gimnasio al poco tiempo”. “Me pareció que estaba embarazada”. “Le vi con una chica muy guapa”. Fuimos al bar justo en frente de la parada de autobús. Por aquel entonces, hacía buen tiempo y nos sentamos en la terraza. Nos pareció la mejor opción a juzgar por el sol de media tarde, la brisa benevolente y la incertidumbre. El aire libre tiene la virtud de deshacer el hielo y disipar los silencios incómodos. Fue agradable. Muy agradable. Sorprendentemente agradable. Hay personas que te envuelven en un caluroso manto de bienestar con una simple mirada. Te devuelven la calma y te trasladan a un hogar que había quedado dormido en tu corazón. Aquél día desmentimos y confirmamos rumores con una alegre nostalgia.
Se terminó el cortado en tres sorbos cortos y rápidos. Apartó la taza y entrelazó sus brazos sobre la mesa. Con su rostro sutilmente alzado hacia mí, iba contándome lo que había sido de su vida esos últimos años. No me resultó demasiado interesante. Entre sus virtudes, no se contaba la de narradora de buenas historias. En efecto, se había casado con su jefe. Tras muchos malentendidos, secretismos y pasión, que con mucho detalle ya me había relatado en nuestro último encuentro, consiguió estabilizar la relación y pasar por el altar. Vivía desde entonces felizmente, aunque tuvo que dejar el trabajo para evitar el veneno de las malas lenguas. Vivían cerca de ahí y tenían una casita en la costa, donde iban a pasar todos los fines de semana. En vacaciones, viajaban por el mundo. Sus pupilas negras centelleaban y se dilataban como si le causara un placer enorme gritar a los cuatro vientos que era feliz. Por mi parte, le conté carente de detalles y sentimentalismos –soy escueto y me gusta serlo-, que seguía viviendo con la misma mujer y que seguía negándome a pasar por la vicaría, no por falta de amor, sino de fe. También le comenté que mi negocio no daba ni para una casita en la costa, ni para viajes transoceánicos, pero sí para vivir tranquilos y permitirnos ciertos caprichos.
Al ver que mi talante menguaba la elasticidad de mi monólogo, retomó ella el suyo con más ahínco, pero con el mismo tono de voz. Me lo perdí. Me perdí en la comisura de sus labios y la voluptuosidad de su color. Sus dientes blancos cual bailarinas, surgían con elegancia tras abrirse el telón. Y al darme cuenta, en seguida subí sonrojado mis ojos hasta los suyos. Ahí encontré esas finas arrugas enmarcando su mirada, de lo más tierno y sensual. El bagaje de una mujer es su secreto más codiciado. ¿Por quién han surgido esos surcos delicados? ¿Qué la hace reír? ¿Qué la hace llorar? ¿Qué la enfurece? ¿Cuántas noches en vela han tallado estos riachuelos llenos de vida en su rostro? Su voz se hizo banda sonora de una escena de Bertolucci y el tiempo se transformó en un ir y venir del pasado al presente, del presente al pasado, hasta confundirse en un solo tiempo y volverse futuro. Pidió otro cortado con leche del tiempo y un café con leche para mí, me di cuenta cuando nos lo trajeron. Supongo que asentí sin saber que asentía a otro café. Por inercia, por seguir ahí. Y acto seguido, empezó a jugar de nuevo con el sobrecito de azúcar. Esta vez, más despacio, deleitándose con su tacto, con su ruido simulando olas de mar. Me di cuenta de que ya no hablaba. Sólo me miraba. El abismo cerniéndose sobre mí.
¿Cómo fue? ¿En qué momento sucedió? ¿Por qué a nosotros? Dichoso aquel que entienda las andanzas de la vida y sus locuras. Quizá culpar al destino, al causa-y-efecto o a la casualidad sea una excusa de mal perdedor, una forma como otra cualquiera de purgar nuestras conciencias y suavizar nuestros propios reproches y arrepentimientos. Lo que pasó antaño seguirá siendo un misterio en el fondo de nuestros recuerdos. ¿Por qué pasó? Eso siempre se escurrirá entre las brechas de nostalgia de nuestra razón. Sí, la amé. Y luego, dejé de amarla. Es lo único que sé. Lo que pasó en nuestro segundo encuentro seguirá empañando nuestros sueños más profundos y desvelándonos en medio de la noche con sudores fríos de remordimientos. ¿Por qué pasó esa vez? No lo sé. “Dime tú, ¿por qué pasan las cosas?”, le respondí una vez. ¿Cuándo dejamos de desearnos? ¿Cuándo volvimos a desearnos? Y a pesar de todo, fuimos felices juntos y luego con otros, y seguimos siéndolo hoy. Aunque hoy, quizá somos un poco menos honestos con nosotros mismos y con aquellos a quienes amamos.














Muy bonito te ha quedado muy bien, pero sigo creyendo en el destino y en vivir no en sobrevivir.
ResponEliminaAY AY AMORES AMORES ME ENCANTA TU MANERA DE NARRAR. Y LA HISTORIA SEGUIRA VIGENTE SIEMPRE!!!!!! MI REINA TE DEJO UN BESO ENORME Y CONTINUA ASI TAN BELLA QUE ERES!!!!!=)
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