1 d’ag. 2011

Sin miedo


No tenía miedo. No le robaba la paz, ni el sueño, el espacio libre en su cama. No le asustaban los ruidos extraños de medianoche, ni las luces brillantes y desconcertantes en la nada del otro lado del pasillo. No temía ni las palomas, ni las arañas, ni las ratas. Ni siquiera las bestias realmente amenazantes. No le sobresaltaban las tormentas, ni la bravura del mar o las sombras del bosque en luna llena. Tampoco el sol desesperante de las tres de la tarde en pleno agosto sureño. No tenía miedo de los temerarios, imprudentes o alocados viandantes de la madrugada. Tampoco de los drogadictos o alcohólicos en cajeros automáticos. No le inquietaban los atracadores, violadores o psicópatas. No tenía miedo a nada, y sin embargo, el sufrimiento la enajenaba. El propio, más que el ajeno. Le palpitaban las sienas. Le sudaban las manos y la frente. Le temblaban las piernas y se le dormían los pies. Se le nublaba totalmente la razón. Perdía el norte, el sur, el este y el oeste.


Tal era su pánico que construyó a su alrededor una fortaleza de amplio y profundo foso, desde donde ella atalayaba sus dominios, siempre en posición beligerante para rehusar cualquier embate o artimaña que pudiera quebrantar su altas murallas. Desconcertados, los aspirantes a allegados se volvían sobre sus pasos y desaparecían entre los desconocidos que ignoraban su cobijo. Y si alguna vez fue descuidada, quedando en ruinas alguna esquina de su paz, más tenaz se volvió y más altos y robustos reconstruyó sus amplios muros y torres. Cada vez más inalcanzable y prevenida de sus flaquezas. Tan segura estaba en su burbuja de roca, que sus episodios de bonanza se alargaron en el tiempo hasta ser imperturbables y diría, que eternos.

Una bonita tarde de primavera en la que las flores de los cerezos empezaron a desperezarse e iluminar de suave rosado los jardines de campo abierto, ella no despertó. Como única compañía, un pequeño rayo de sol que ligero, se posó en su pecho regalándole la solemnidad que merece un deceso. No dejó atrás ningún rastro de su existencia, sólo su castillo suspendido en el tiempo, en un remoto rincón olvidado por aquellos que intentaron adueñarse de él. Su vida reducida a un cuerpo inerte y su mundo sumido en un baño de colores mates que se volverían polvorientos con el tiempo. Y en esta estampa en reposo, extrañamente amable, ni siquiera el viento osaba quebrantar el silencio de su paz.

Si hubiera tenido que dejar algún rastro de su existencia, hubiera garabateado a desgana en un trozo de papel, para quienes correspondiera, más por cortesía que por vanidad, que la dejaran en paz.




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